La fiesta estaba muy avanzada cuando el duendecillo se apareció de pronto a todos aquellos que tenían una imaginación desbordante y habían bebido lo suficiente.
Aznar no paraba de hablar de austeridad con una actitud didáctica que aburría a todo el mundo.
El resto apenas le hacía caso puesto que el duendecillo contaba unos chistes buenísimos y se había convertido en el alma de la fiesta.